Lucha por ser mejor

Luchamos por ser mejores. Por ser como querríamos ser. Por estar a la altura de nuestra expectativa personal -en el peor de los casos, de la expectativa ajena, lo que suele ser común-. No nos pedimos ser perfectos, más bien aproximarnos a lo que consideramos correcto, como en una ‘fidelidad debida’. Autoexigida. La buena voluntad es el mejor género de la voluntad.
Luchamos por dar sentido a la existencia. Ni tan sórdida ni tan plena en apariencia. No importa. La nuestra, la que deseamos vivir. Que a veces se presenta demasiado lejana de la realidad, porque vamos mirando nuestros pasos, vigilando el cómo vamos antes que el adónde vamos. Asumimos que nuestra responsabilidad es no caer. Nos sentimos indispensables en nuestros papeles, sabedores de que sin nuestro personaje no hay obra.
No, ni siquiera perfectos. Un poco mejor, sería suficiente. Pero nuestra insatisfacción no procede de un destino ineludible que no se pueda evitar. Cuánto daño ha hecho hablar de la palabra ‘destino’ como de lo predeterminado, y no como el lugar deseado de llegada. Así lo asumimos, porque hay que caminar, creyendo que eso es lo mismo que hacer camino. No. Para ello, necesitaríamos un pequeño gesto de coraje que nos permitiera identificar nuestras metas. Elegir. Decidir. Renunciar. Responsabilizarnos también de un mañana mejor. Aunque imperfecto.

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